¿De qué sirve la visita del Santo Padre?

Rodrigo Vargas Pizarro, sacerdote salesiano

Muchos me han preguntado: ¿De qué sirve la visita del Santo Padre? Y mi primera respuesta es: “¡Para actualizar las palabras y gestos de Jesús en el mundo de hoy!”

¿Valió la pena? ¡Por supuesto! En este mundo de noticias tan decadentes y de comentarios tan horizontales que se hacen habituales, un hombre de Dios nos viene a dar un extraordinario impulso, a católicos y no católicos. El mismo sucesor de San Pedro, que estuvo entre nosotros, nos trae  la Buena Noticia de Dios.

Aunque fueron muchas homilías y muchos los discursos, hubo un sólo y sólido hilo conductor: “Jesús”, es decir, no fue una idea, sino una persona… Dios y hombre verdadero.

Tuve la oportunidad de estar en la bienvenida de Alameda con Avenida Brasil en Santiago de Chile, junto a otros magallánicos; y ya desde ese momento comenzamos a experimentar la belleza de nuestra fe en la unidad, en la sencillez, en la paz y en la gran alegría que brotaba por todas partes, al estar reunidos en un sólo corazón.

Luego, nos encontramos en el Parque O’Higgins de la capital chilena, celebrando una multitudinaria Eucaristía, plena de oración, silencio y amor a Cristo en ese sublime sacramento. ¿Cómo se puede lograr tal nivel de respeto fervoroso a lo sagrado junto a 400.000 peregrinos? Y es que el Espíritu Santo estuvo ahí en toda su magnitud.

Posteriormente muchos sacerdotes, monjas, laicas y laicos consagrados, seminaristas, religiosos (as) y diáconos nos fuimos a la catedral. Aunque la espera se presentaba difícil por el calor y el cansancio, pantallas bien situadas mostraban el significativo encuentro del Vicario de Cristo con las mujeres de la cárcel; el testimonio rico en espíritu y contenido de la hermana capellán de esa institución y el entregado por una de las mujeres privadas de libertad, nos llenó de emoción.

Llegó entonces el Santo Padre Francisco a la Catedral de Santiago. Nos  habló como Jesús habla con sus apóstoles y discípulos; como si estuviésemos a solas, cercano, desafiante, paternal. 

Nos animó a tomar la cruz, en medio de la despiadada avalancha de críticas y desprecios concertados que hemos sufrido en la Iglesia (Incluso con críticas ácidas de algunos hermanos sacerdotes, que hablan más en público que, como lo señala el Evangelio: “cara a cara y con misericordia… porque se trata de tu hermano”).

El miércoles, bajo un sol aplastante, y con un cansancio al límite de quienes habíamos participado en las anteriores jornadas, vivimos uno de los momentos más esperados por los jóvenes: el encuentro en la explanada del Templo Santuario Nacional de Maipú erigido en honor a la Reina y Madre protectora de Chile, la Santísima Virgen del Carmen.

Ahí estuve con nuestros jóvenes. Ellas y ellos, siendo nuevos en el camino de la fe, nos desafían con su testimonio de amor a Cristo, encarnado en sus interrogantes, entrega y servicio. Los voluntarios en su mayoría eran jóvenes… esos jóvenes que dan la gran esperanza al mundo, estuvieron ahí convencidos, gritando su amor por Jesús y María, en comunión con el Pontífice.

Observé muchas cosas ese día: Alegría, Unidad, Fraternidad, Amor al Señor, Amor a la Virgen María, inclusión (habían jóvenes con capacidades distintas y otros con algunas banderas coloridas que decían “porque Tú Señor también me amas (diversidad sexual)”.

Luego, por televisión, vi los demás encuentros, a veces -lo admito- sin audio, para no contaminarme con algunos comentarios ofensivos y lapidarios de los canales de tv, sólo centrados en dos o tres problemas, dejando de lado la magnitud de lo que se estaba viviendo.

Conclusiones

1. Esta visita superó todas- ¡absolutamente todas mis expectativas! Es Francisco quien ha vuelto a poner ante nuestra mirada lo relevante en Chile y el mundo: hacer experiencia de Dios, unidos, en paz. En las calles, en el metro, en las micros (hice varios recorridos en estos medios de transporte y a pie junto a miles de católicos) y en todos lados se oía hablar de Misas, de Jesús, de la Virgen, del Papa, de orar, de la fe y del amor. ¡Hace tanto tiempo que no se veía esto!

2. Nuestro Papa Francisco nos vino a motivar en la fe y lo logró. Son muchas las semillas sembradas. Nosotros somos quienes debemos cuidar la “viña”(todos los que nos llamamos Iglesia). Hasta los más negativos tendrían -si se lo permiten- la oportunidad de cambiar su actitud, para aportar y no para destruir.

3. Su visita animó y animará a muchos a seguir a Jesús, en las comunidades, estructuras y trabajos que ya se realizan, pero también en otras nuevas formas, que estoy seguro nacerán a partir de este encuentro.

4. Los católicos parecíamos muertos… pero sólo estábamos adormecidos, quizás por la melancolía de tiempos pasados (que tampoco fueron tan buenos), o por el repudio que experimentamos día a día.

Pero ahora se nos ha dado un nuevo impulso para ver un horizonte lleno de esperanza  y en donde cada uno deberá tomar la iniciativa: obispos, sacerdotes y laicos. Juntos, para continuar con hidalguía y creatividad, nuestro trabajo de discípulos, misioneros en medio de esta sociedad. Siendo testigos del Amor, la Palabra Viva y la sanación para todo aquél que lo necesite.

La bandera del austral territorio de Magallanes que llevé a Santiago y que se levantó también en Temuco e Iquique (los católicos magallánicos estuvieron en todos lados); se llenó no sólo de experiencias, ilusiones, sueños y esperanzas, sino también, de la belleza de nuestra fe católica. Se llenó de la fuerza de la Palabra de nuestro pastor, de la comunión  de todos los pueblos de Chile, de la fraternidad en todos los niveles sociales que participaron, de todas las edades, en fin de todo nuestro pueblo chileno (hasta de los que siempre despreciaron esta visita).

El lema “Mi paz les doy”, quiso ser destruido en su esencia, por quienes  divulgaron mala propaganda en diarios, tv, radio y redes sociales (incluidos consagrados). También por quienes quisieron infundir temor con ataques a Iglesias, colegios y por quienes tramaron emboscadas, o quienes pintaron lienzos furiosos de odio y resentimiento. Pero el Señor volvió a manifestarse grande, en el perdón sincero de nuestro Sumo Pontífice al iniciar la visita, en la comunión de todos los fieles, en el sacrificio de todo el Pueblo de Dios, en la alegría experimentada y en la fuerza de la fe.

El mensaje de Cristo se sembró así, por todos los rincones de Chile y hasta en los lugares más difíciles y recónditos. Esas semillas, pronto fructificarán y ayudarán a combatir el mal con el bien, el odio con el amor y la guerra con la paz de Cristo.

No puedo terminar esta sencilla reflexión, sin antes hacer una mención de nuestros jóvenes católicos, que no sólo se destacan por su servicio, sino también por su invencible fe (aquí lo vimos en los CEVAS 2018 y en la visita Papal lo vimos en los 20.000 jóvenes que trabajaron sin descanso, por meses, en la preparación y durante los mismos encuentros).

Un abrazo y felices frutos de la visita del Papa Francisco a Chile, Perú y cualesquier otro lugar que reciba esta bendición.